11 Feb

Nombre propio…

No hay comentarios Magazine Cuba Número 3, Sociedad

Por Leydi Torres Arias

Leydi. Me llamo Leydi. Y seguido aclaro que esto no es un nombre, ¿pero qué le voy a hacer? Así quiso mi madre

De niña llegaba a casa –luego de alguna larga sesión de clases de primaria- a reclamar, casi a llanto puro: “¿Por qué Leydi, mamá?” “¿Por qué?”

Estos reclamos se incrementaban los días que recibía clases de inglés y que el profesor debía cambiar mi nombre (casi siempre me decía Rose) para poder impartir la asignatura mientras yo estaba en el salón, con tantas otras ladies.

La respuesta de mi madre, invariablemente, es que quería un nombre corto para mí.

Y allá iba yo, a la defensiva, al contraataque, tragando lágrimas mientras le enlistaba la cantidad de nombres cortos que conocía…y que claro, no fuera Leydi.

Tal vez por esto –o sin saber esto- algunos de mis amigos me han llamado de mil maneras distintas a la que aparece en mis credenciales.

Años después llego a una ciudad donde no conozco otra Leydi. Convivo con una familia donde -desde que llegué- trastoqué el nombre de la Aura de la casa a Laura.

Le contaba que es que en mi ciudad no abundan las Aura, que es más común que las personas se llamen Laura.

Ella me miraba sin ánimo de rectificarme, pero tampoco con agrado. Evidentemente le gusta su nombre. No le sucede como a mí.

Pasé semanas poniendo una L de más a su nombre. Cuando al fin lo aprendí bien, sin confusiones, respiré aliviada.

Ya hasta a mí me parecía absurda mi justificación de que en mi ciudad no abundan las Aura, que es más común que las personas se llamen Laura. Y por primera vez temí por mi identidad, que en algún momento ella me dijera: “¿Sabes qué? Te llamaré Lupita, porque como en mi ciudad no abundan las Leydi, y es más común que se llamen Lupita…”

(Tomado de Botellas al mar)