11 Feb

Ojos de humo

No hay comentarios Magazine Cuba Número 3, Sociedad

Por: Ariel Montenegro

La hicieron creer durante años que era como la Maga. Patanes, mentirosos, carroñeros, tipos que no habían leído a Cortázar, que no le habían mirado los ojos, pero que dirían cualquier cosa con tal de agarrarle el culo.

Yo lo sé, porque fui de esos tipos. Pero en el segundo doce del primer beso, poco después de la última línea que me leyó de Choderlos de Laclos supe que tendría que aprender a mirarle los ojos si quería que el humo de aquel cigarrillo se quedara en las paredes de mi cuarto.

Nunca soporté el olor de su cigarro. Prefería los míos, fuertes que olían menos a verde. Pero no decía nada porque yo en aquel entonces no tenía ni para comprar mi propia nicotina y me fumaba la de ella.

Me despertaba a las cuatro de la mañana a trabajar, pero conversaba con ella hasta las doce y media. Vivía con sus padres, pero me colaba a hurtadillas en su casa cuando todos miraban el televisor en su cuarto (lo de no hacer ruido era simple protocolo: lo que sucedía después no era precisamente silencioso y quedaba más cerca de la cama de la abuela que la puerta de la casa).

No hicimos nada de esas cosas que hacen juntos las personas que leen. Ir al cine, al teatro o a tomar café a casa de los amigos para hablar sobre si Galeano es o no un escritor hubieran sido imperdonables pérdidas de tiempo: nos habíamos conocido para lamernos los hombros y mordernos los dedos de los pies, no para conversar. Conversar solo había sido los primeros días, para percatarnos de que, en efecto, lo nuestro era gastarnos las desnudeces.

En los ratos libres, ella posaba para mí desnuda, o yo le pintaba planetas en el ombligo, o cantábamos canciones infantiles (lugares comunes, repeticiones ridículas).

A veces la miraba y era hermosa. Pero no la hermosura de los poetas que dicen que lo que importa son las alas, ni la de los enamorados (decapitados), que miran los cuerpos desfavorecidos a través de nubes rosadas. No, era hermosa y punto, de esas bellezas que funcionan en cualquier país y en cualquier tiempo.

Y yo sabía que estaba desnuda delante de mí porque yo le había mirado los ojos primero. Por eso no dejaba de mirárselos, por eso le decía que los abriera durante los besos.

Ya estábamos viejos para esas cosas. Yo comenzaba a asomar claros en la mollera (y ya todo el mundo sabe que lo único peor que ser pobre es ser calvo) y ella estaba buenísima, pero asomaba unas imperceptibles patas de gallina que bailaban al son de un silencioso, pero omnipresente reloj biológico.

Comenzaron a rondarla adultos más parecidos a adultos. Comencé a comportarme demasiado como un niño.

Le dije “estoy enamorado de ti, vete a la mierda”.

Y se fue. Ni una palabra más. Ni un grito, ni un orgasmo. Ni siquiera un “yo no de ti”, ni un “no regreso”. Se fue como se van los autobuses que dejamos pasar cuando fumamos porque ya vendrá otro, pero no viene. Y uno se queda sin saber cuánto tiempo es demasiado tiempo para esperar, ni si debe regresar, o si debe salir a pie.

Yo ya no fumo. He amado a otra después. Siento alegría de primos emigrados cuando la veo, pero lo único que no lo perdono es el como si nada. No le perdono el silencio.

(Tomado de Western Congrí)